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Sábado, 24 de junio de 2006

BOOKS ARE BURNING

 

Reseña publicada por Alberto Manguel en Babelia, suplemento cultural del diario El País, el 17 de abril de 2004:

Desde sus lejanos principios, la historia del libro está iluminada por las hogueras de los censores. Digo mal: censores implica que la destrucción obedece siempre a una justificación razonada. Como lo prueba el aterrador y magistral libro del erudito venezolano Fernando Báez, autor de una excelente Historia de la antigua biblioteca de Alejandría y de una relación de Los últimos días de Martin Heidegger, la mayor parte de estos crímenes fueron (y aún son) cometidos sin justificación alguna: por ignorancia, por olvido, por desidia, por error, por miedo, por la acción del agua, del fuego y del gusano que todo lo corroe. La historia del libro está desde siempre acompañada por la historia de su destrucción.

Felizmente, al mismo tiempo que esta nueva historia universal de la infamia, ha aparecido una versión paralela que la opone y la sopesa. La Historia de la edición y de la lectura en España, bajo la dirección de tres notables catedráticos especialistas del libro y de las prácticas de lectura, narra a través de unos setenta ensayos (magníficamente ilustrados y acompañados de documentos la mayor parte poco conocidos), los curiosos avatares de la más regocijante de las artes humanas.

Siguiendo como modelo la ejemplar Histoire de l'édition française dirigida por Henri-Jean Martin y Roer Chartier de 1982, y limitándose al espacio de cuatro siglos y medio españoles, este impresionante volumen representa sin duda el compendio de estudios más completo sobre el tema. Necesariamente algunos de los argumentos del libro de Báez son repetidos (y ampliados) en esta otra historia, pero el lector que desespere de lo que Báez muy justamente llama "memoricidio" hallará sosiego en doctos artículos que analizan, en la Historia de la edición y de la lectura en España, cuestiones tales como las "nuevas propuestas a un público femenino" en los siglos XVII y XVIII, o los "usos de la lectura" en el siglo XIX. Si algo resulta evidente de este encuentro entre el deseo de recordar y el deseo de destruir es que la generosidad de la memoria nos obliga a conservar el relato de las prácticas del olvido.

Báez toma como punto de partida (y también como final) la más reciente de nuestras destrucciones de libros, ocurrida durante el saqueo de las bibliotecas, museos y archivos de Irak en abril de 2003. "Nuestra memoria ya no existe. La cuna de la civilización, de la escritura y de las leyes, ha sido quemada. Sólo quedan cenizas". Con estas palabras, dichas por un profesor de historia de Bagdad, comienza Báez su libro.

"Los comunicados procedentes de Bagdad son inadecuados, falsos e incompletos. Todo se encuentra mucho peor de lo que nos han dicho. Hoy estamos próximos a un desastre". Con estas otras palabras, dichas no por un reportero o especialista contemporáneo sino por Lawrence de Arabia en 1920, en una carta dirigida a sus superiores, Báez concluye su encuesta.

Entre ambas citas yacen seis mil años de nuestra historia que incluyen, de ruina en ruina, la biblioteca de Alejandría, las prohibiciones de los faraones de Egipto, los crímenes de los biblioclastas de Grecia, los esfuerzos de los drásticos emperadores de China por eliminar el pasado, la obra de los censores de Roma, las obras paganas destruidas por los primeros cristianos, las primeras destrucciones de las bibliotecas de Bagdad, los libros musulmanes y judíos purgados en España, los códices quemados en México, las hogueras del Santo Oficio, la censura de la Inglaterra puritana, los incendios y naufragios de bibliotecas diversas, las obras inmorales o blasfemas prohibidas en el siglo XIX, el Holocausto nazi, los saqueos durante la Guerra Civil española, las bibliotecas víctimas de las dictaduras del siglo XX, el terrorismo y la guerra electrónica. La Historia universal de la destrucción de libros tiene algo de cementerio.

No la voluntad de destruir libros sino su ubicuidad sorprende en la obra de Báez. Todas las culturas, todas las épocas participaron. Ni siquiera los mismos escritores son inocentes. Platón, según Diógenes Laercio, destruyó las obras de Demócrito; Descartes pidió a sus lectores que quemaran los libros anteriores a su Discurso del método; David Hume exigió la supresión de todos los manuales de metafísica; los futuristas propusieron la quema de todas las bibliotecas; Vladímir Nabokov (horresco referens) quemó el Quijote en el Memorial Hall de Harvard ante más de seiscientos alumnos.

La tarea de los destructores de libros es colosal y no siempre requiere el fuego. A veces basta abortarlos o despreciarlos. Dos de los muchos documentos reproducidos en la Historia de la edición y de la lectura en España ilustran estas otras tácticas. El inquisidor general Andrés Pacheco, en una carta dirigida al Rey de España, fechada el 25 de septiembre de 1623, se queja de la abundancia de libros perniciosos y, precavido, pide que éstos sean censurados antes y no después de ser impresos. Casi dos siglos más tarde, Carolina Coronado escribe una carta a Hartzenbusch quejándose del empeño de la sociedad española en prohibirle la lectura a las mujeres, quienes "después de terminar sus ocupaciones domésticas, deben retirarse a murmurar con las amigas y no a leer libros que corrompen la juventud".

Pero también están los que alientan, propagan y defienden la lectura, y la Historia de la edición y de la lectura en España les hace erudito honor investigando la tarea de traductores que inventaron ingeniosas maneras de escapar a la censura, de impresores y libreros que en los siglos XVII y XVIII propusieron al público nuevas formas del libro, de editores enciclopedistas decimonónicos cuyos nombres se confunden con su obra (como Salvat, Seguí, y Montaner y Simón), incluso de periodistas y de magnates de la prensa que, quizá por razones menos intelectuales que económicas, ofrecieron en las páginas de sus diarios lecturas para todos.

Una historia de la edición y de la lectura, y otra de la destrucción de los libros ¿son la crónica de un arte que muere, o la declaración de principios de un arte que se niega a desaparecer? Creo que lo último. Las amenazas pronunciadas contra el libro desde los púlpitos, desde los sillones de gobierno, desde las oficinas de la industria electrónica, no han hecho, al parecer, sino alentar nuestro reconocimiento de la lectura como actividad esencial del ser humano. Que los lectores sean pocos, que lean mal, que confundan propaganda con literatura importa menos que el arte de leer continúe, las más veces, a ayudarnos a ser un poco más felices y un poco menos idiotas.

Historia universal de la destrucción de libros: de las tablillas sumerias a la guerra de Irak. Fernando Báez. Destino. Barcelona, 2004. 416 páginas. 20,90 euros.

Historia de la edición y de la lectura en España: 1472-1914. Dirección de Víctor Infantes, François López, Jean François Botrel. Fundación Germán Sánchez Ruipérez. Madrid, 2004. 862 páginas. 71 euros.

El suplemento Babelia de El País volvió a ocuparse, el sábado 9 de octubre de 2004, de las destrucciones de libros, a raíz de tres ejemplos recientes: la invasión (Irak), la supresión de la memoria (Sarajevo) y el fuego accidental (Weimar).

Manuela Marín escribió acerca de Bagdad: "lo que se ha perdido nos afecta a todos, no sólo a los iraquíes, con ser ellos los que han visto su pasado histórico amputado de la forma más trágica. Imaginemos, sólo por un momento, lo que supondría para España y el mundo la quema de la Biblioteca Nacional, la del Escorial, el Archivo de Indias de Sevilla..." Y compara los saqueos en la capital iraquí con el asedio de los mongoles ocurrido en 1258: "tras la rendición del entonces califa abbasí, pasaron a cuchillo a sus habitantes y destruyeron gran parte de los edificios de la ciudad, bibliotecas incluidas, naturalmente. La historiografía árabe resumió en una frase pavorosa el resultado del saqueo mongol: las aguas del Tigris, se decía, bajaban alternativamente rojas, por la sangre de sus habitantes masacrados, y negras, por la tinta de los libros arrojados al río."

Acerca del incendio de la biblioteca Anna Amalia en Wiemar ocurrido el 2 de septiembre de 2004, cuenta José Comas esta anécdota: antes de que los bomberos permitiesen el acceso a un grupo de voluntarios que logró rescatar una parte de los fondos, "el director de la biblioteca, Michael Knoche, se abrió paso hacia el interior sin reparar en las llamas de 30 metros y se lanzó como un poseso hacia la galería superior donde se encontraba la valiosa colección de biblias de Anna Amalia. A ciegas en medio del humo y la oscuridad acertó Knoche con el lugar donde se encontraba la Biblia de Lutero y con ella en brazos salió al exterior. Se trata de un valioso ejemplar del año 1534 con 120 ilustraciones en color de Lucas Cranach el Viejo."

Juan Goytisolo habla de Sarajevo y la destrucción de miles de manuscritos árabes, turcos, hebreos y persas por los radicales serbios como un ejemplo del "memoricidio": "Al monarca o caudillo victorioso no le basta fundar su poder sobre las ruinas del de su enemigo: quieren borrar su memoria, hacer tabla rasa, reconstruir con materiales de derribo una crónica acorde con su fe, voluntad o capricho."

Y por último, Fernando Báez comienza su artículo con esta frase curiosa, que ilustra con ejemplos de todas las épocas y lugares: "Los intelectuales han sido los más grandes enemigos de los libros."

 

 

 

Books Are Burning

XTC

Books are burning
In the main square
And I saw there
The fire eating the text
Books are burning
In the still air
And you know where they burn books
People are next

I believe the printed word should be forgiven
Doesn't matter what it said
Wisdom hotline from the dead back to the living
Key to the larder for your heart and your head

Books are burning
In our own town
Watch us turn 'round
And cast our glances elsewhere
Books are burning
In the playground
Smell of burnt book
Is not unlike human hair

I believe the printed word is more than sacred
Beyond the gauge of good or bad
The human right to let your soul fly free and naked
Above the violence of the fearful and sad

The church of matches
Anoints in ignorance with gasoline
The church of matches
Grows fat by breathing in the smoke of dreams
It's quite obscene

Books are burning
More each day now
And I pray now
You boys will tire of these games
Books are burning
I hope somehow
This will allow
A phoenix up from the flames

 

XTC, Books Are Burning

Éstas son las palabras iniciales de Borges a los estudiantes de la Universidad de Belgrano, en su charla sobre El libro, recogida en Borges oral:

"De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación."

En primer lugar, habla de las distintas ideas que han tenido los hombres acerca del libro:

"Los antiguos no profesaban nuestro culto del libro -cosa que me sorprende; veían en el libro un sucedáneo de la palabra oral."

"Pitágoras no escribió voluntariamente, quería que su pensamiento viviese más allá de su muerte corporal, en la mente de sus discípulos."

"Tenemos el alto ejemplo de Platón, cuando dice que los libros son como efigies (puede haber estado pensando en esculturas o en cuadros), que uno cree que están vivas, pero si se les pregunta algo no contestan. Entonces, para corregir esa mudez de los libros, inventa el diálogo platónico."

"De Cristo sabemos que escribió una sola vez algunas palabras que la arena se encargó de borrar."

Después "llega del Oriente un concepto nuevo, del todo extraño a la antigüedad clásica: el del libro sagrado".

"Los musulmanes piensan que el Corán es anterior a la creación, anterior a la lengua árabe; es uno de los atributos de Dios, no una obra de Dios; es como su misericordia o su justicia."

"A Bernard Shaw le preguntaron una vez si creía que el Espíritu Santo había escrito la Biblia. Y contestó: 'Todo libro que vale la pena de ser releído ha sido escrito por el Espíritu."

Más tarde surge la idea de libro nacional, "de que cada país está representado por un libro."

"Es curioso -no creo que esto haya sido observado hasta ahora- que los países hayan elegido individuos que no se parecen demasiado a ellos. Uno piensa, por ejemplo, que Inglaterra hubiera elegido al Dr. Johnson como representante; pero no, Inglaterra ha elegido a Shakespeare, y Shakespeare es -digámoslo así- el menos inglés de los escritores ingleses. Lo típico de Inglaterra es el understatement, es el decir un poco menos de las cosas. En cambio, Shakespeare tendía a la hipérbole en la metáfora, y no nos sorprendería nada que Shakespeare hubiera sido italiano o judío, por ejemplo.

Otro caso es el de Alemania: un país admirable, tan fácilmente fanático, elige precisamente a un hombre tolerante, que no es fanático, y a quien no le importa demasiado el concepto de patria: elige a Goethe. (...)

Otro caso aún más curioso es el de España. España podría haber sido representada por Lope, por Calderón, por Quevedo. Pues no, España está representada por Miguel de Cervantes. Cervantes es un hombre contemporáneo de la Inquisición, pero es tolerante, es un hombre que no tiene ni las virtudes ni los vicios españoles.

Es como si cada país pensara que tiene que ser reprensentado por alguien distinto, por alguien que puede ser, un poco, una suerte de remedio, una suerte de triaca, una suerte de contraveneno de sus defectos. Nosotros hubiéramos podido elegir el Facundo de Sarmiento, que es nuestro libro, pero no; nosotros, con nuestra historia militar, nuestra historia de espada, hemos elegido como libro la crónica de un desertor, hemos elegido el Martín Fierro"

Por último, menciona Borges los dos grandes ensayos sobre el libro:

"Emerson coincide con Montaigne en el hecho de que debemos leer únicamente lo que nos agrada, que un libro tiene que ser una forma de felicidad."

Palabras con las que sin duda estaba de acuerdo, y por las que creía en la pervivencia del libro:

"El concepto de un libro sagrado (...) puede haber pasado, pero el libro tiene todavía cierta santidad que debemos tratar de no perder. Tomar un libro y abrirlo guarda la posibilidad del hecho estético."

"Nadie baja dos veces el mismo río porque las aguas cambian, pero lo más terrible es que nosotros somos no menos fluidos que el río. Cada vez que leemos un libro, el libro ha cambiado, la connotación de las palabras es otra. Además los libros están cargados de pasado."

 

 

Les p'tits papiers

Jane Birkin y Françoise Hardy

Laissez parler
Les p'tits papiers
A l'occasion
Papier chiffon
Puissent-ils un soir
Papier buvard
Vous consoler

Laisser brûler
Les p'tits papiers
Papier de riz
Ou d'Arménie
Qu'un soir ils puissent
Papier maïs
Vous réchauffer

Un peu d'amour
Papier velours
Et d'esthétique
Papier musique
C'est du chagrin
Papier dessin
Avant longtemps

Laissez glisser
Papier glacé
Les sentiments
Papier collant
Ça impressionne
Papier carbone
Mais c'est du vent

Machin Machine
Papier machine
Faut pas s'leurrer
Papier doré
Celui qu'y touche
Papier tue-mouches
Est moitié fou

C'est pas brillant
Papier d'argent
C'est pas donné
Papier-monnaie
Ou l'on en meurt
Papier à fleurs
Ou l'on s'en fout

Laissez parler
Les p'tits papiers
A l'occasion
Papier chiffon
Puissent-ils un soir
Papier buvard
Vous consoler

Laisser brûler
Les p'tits papiers
Papier de riz
Ou d'Arménie
Qu'un soir ils puissent
Papier maïs
Vous réchauffer

 

Por: Alan | Literatura | Comentarios (0) | Referencias (0)

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