Laburo España: 250.000 ofertas de empleo

Corriente Textual



En este blog

Sindicación


Añadir a Feedness
RDF XML ATOM

Créditos


Diseñado por Studio.st
Online gracias a Bitacoras.com

Mail:
corrientecancion@gmail.com



Creative Commons License

Jueves, 02 de marzo de 2006

LA PAPISA JUANA

EMMANUEL ROYIDIS





En el siglo IX, Juana, una muchacha de Mentz enamorada de un fraile, le siguió hasta su abadía disfrazada con ropas de hombre. Luego se trasladó a Atenas, donde creció la fama de su saber, y finalmente a Roma. Allí es nombrada Papa bajo el nombre de Juan VIII. A los dos años, dirigiéndose a la iglesia de San Juan de Letrán para lanzar anatemas contra una plaga de langostas que asolaba a Roma, dio a luz en el mismo sitio, en presencia de todos los jerarcas y los fieles, y después falleció.

Hay una buena novela sobre esta curiosa historia, La Papisa Juana (1886), del escritor griego Emmanuel Royidis. Royidis fue excomulgado por la iglesia ortodoxa y el libro prohibido. En los años veinte volvió a publicarse y desde entonces es uno de los más conocidos de la moderna literatura griega. En 1954 Lawrence Durrell la tradujo y la rescató para el lector europeo. De la suya se hizo la traducción española, que está publicada en Edhasa. A mí me gustó mucho, se la recomiendo.

Dice Durrell en el prólogo:

"Apenas cabe duda de que la novela fue iniciada como una sátira; y aún cabe menos duda de que, a la mitad del libro, Royidis se había enamorado de su heroína de los pies a la cabeza, ya que la trata con comprensiva ironía y una ternura que la acerca claramente a la vida."

Y sobre la veracidad de esta historia:

"¿Pero qué hay de real en el Papa histórico en el que nuestro autor basa su narración? Los últimos autores bastante audaces como para entrar en la arena, nos han hecho comprender que es una ficción. Este punto de vista, inútil es decirlo, no era compartido por Royidis, que consagró varios panfletos al tema. ¿Existió en realidad la Papisa Juana? La situación está admirablemente resumida por Platina y por el hecho de que se sintió obligado a incluir a Juana en las Vidas de los Papas. Nadie puede afirmar que la evidencia de su existencia sea más que circunstancial; pero, si un historiador tan serio como Platina -que era secretario del Papa reinante y bibliotecario del Vaticano- se sintió obligado a incluir a Juana en el canon de los Papas, debemos llegar a la conclusión de que la fuerza de la tradición, desde numerosas fuentes y por muchos años, debe haberle dictado esta desagradable elección. Aquí está la biografía de Juana, tal como la da Platina:

Papa Juan VIII: Juan, de origen inglés, era nacido en Mentz, y se dice que llegó al Papado por artes diabólicas, ya que, siendo mujer, se disfrazó de hombre y fue con su compañero -un hombre instruido- a Atenas, y realizó tales progresos en sabiduría bajo los doctores que allí había que, al llegar a Roma, encontró pocos que pudieran igualarla, y mucho menos sobrepasarla, incluso en el conocimiento de las Escrituras; por medio de su conocimiento, sus inteligentes lecturas y sus controversias, alcanzó tanto respeto y autoridad que, al acaecer la muerte de León (como dice Martin), de común acuerdo fue elegida Papa en su reemplazo. Yendo a la iglesia de Letrán, entre el Coliseo (llamado así por el Coloso de Nerón) y San Clemente, los dolores del parto la asaltaron, y murió en el lugar, tras haber permanecido dos años, un mes y cuatro días en el Pontificado, y fue enterrada allí sin pompa. Esta historia es conocida vulgarmente, aunque ha sido contada por autores inciertos y oscuros; por lo tanto, la he referido al desnudo y brevemente, para no parecer obstinado y pertinaz al admitir lo que generalmente se cuenta; prefiero equivocarme con el resto del mundo; aunque la verdad es que, lo que he contado, no puede considerarse enteramente increíble."

Un fragmento de la novela:

"La procesión atravesó el Arco de Trajano y el anfiteatro flaviano, y siguió aumentando hasta llegar a la Plaza de Letrán. Tan abrumador era el calor y el polvo, según los cronistas, que el diablo mismo hubiera agradecido un zambullón en la pila de agua bendita. Los enjambres de langostas en lucha volaban sobre la gente, los cuerpos de los insectos heridos caían al suelo, donde eran pisoteados por los adoradores y las mulas cargadas. Todas estas circunstancias aumentaron el desamparo y dolor de la desdichada Juana, quien, en aquellos momentos, apenas lograba mantenerse erguida sobre el lomo de su mula; tan agudo había llegado a ser el dolor de su vientre. Dos veces tropezó al ascender los peldaños del magnífico trono desde el cual iba a lanzar anatemas contra las hordas de invasoras langostas.

Su Santidad, tras bendecir y empapar en agua el sagrado salpicador, lo sacudió hacia el Este, el Oeste, el Sur y el Norte; después, tomando un crucifijo de marfil tallado, lo elevó e hizo la señal de la cruz en dirección a la pestilente nube de langostas en lucha. Bruscamente la cruz escapó de entre sus dedos, cayó, se hizo trizas y, casi de inmediato, el Pontífice también cayó, pálido como la muerte, sobre los peldaños del trono. Al ver esto los fieles, se precipitaron ansiosos, empujándose entre sí, como ovejas asustadas por un lobo. Los archidiáconos que llevaban la cola de Su Santidad avanzaron para ayudarlo a ponerse en pie. Pero él siguió allí gimiendo y retorciéndose, como una serpiente dividida en dos. Corrió el rumor de que Su Santidad había pisado sin querer una raíz de mandrágora, había sido picado por un escorpión, o había comido hongos envenenados. Muchos entre la muchedumbre insistieron en que estaba poseído por el diablo, y el obispo de Oporto, que era de lejos el mejor exorcista de aquellos tiempos, se abrió paso para salpicar a Juana con agua bendita y ordenar al espíritu del mal que buscara otra morada, pero, en esos momentos, ella estaba dando a luz.

La multitud clavó los ojos en la pálida cara del Pontífice, esperando ver el espíritu impuro salir por su boca o sus orejas; en verdad la gente no estaba preparada para lo que realmente sucedió. Grande fue la consternación cuando un niño prematuro surgió entre los pliegues de las vestiduras papales. (...)

Entregó después su espíritu, murmurando como Isaías: "He dado mi rostro para ser abofeteado, para vergüenza y rechazo."

Apenas el alma pecadora había abandonado su morada temporal cuando una horda de diablos se precipitó desde el infierno para reclamarla, ya que la tenían desde hacía tiempo anotada en sus catálogos como propiedad incuestionable. (...) De pronto el ángel que se había aparecido a Juana rompió las filas de los oponentes y les arrancó la desdichada alma, que llevó consigo... probablemente al purgatorio. Estos milagros, querido lector, no aparecen reunidos de los relatos de cuatro pescadores sino que provienen de cuatrocientos venerandos y concienzudos cronistas; en presencia de tal asamblea de augustos testigos sólo podemos inclinar la cabeza y murmurar, como Tertuliano: "Creo en estas cosas porque son increíbles."

El cuerpo de la preciosa Juana fue enterrado en el lugar donde había caído. Su tumba tiene una estela de mármol con una mujer que da a luz un niño (...) y los piadosos peregrinos, para no contaminar sus sandalias al caminar sobre los pasos de la sacrílega mujer papisa, siempre han seguido desde entonces otro camino hacia San Juan de Letrán."

(Emmanuel Royidis, La Papisa Juana)

Por: Alan | Literatura | Comentarios (0) | Referencias (0)

Comentarios

Comentar


Recordar datos

LaInformacion.com lainformacion.com - Medio Oficial de los Premios Bitacoras 2009