
Martes, 10 de enero de 2006
-¿Qué ha sido del chino? -preguntó el detective Garneri- ¿Murió, asaltaron su buhardilla?
-No fue necesario -respondió la joven-, a esa gente le repugna la sangre. De repente obtuvo un empleo en un taller clandestino. Allá sigue, frente a una Singer a pedal, dieciocho horas diarias. Y lo curioso es que en esa buhardilla no puede uno ponerse de pie, ni dar tres pasos. Debieron ver el mapa azul nada más entrar. Lo tenía de póster, cubriendo una pared desmochada.
-Muy útil -dijo la señora Dallas.
Garneri sacó del escritorio el mapa rojo que pertenecía al señor Agincourt, lo superpuso al verde que le había entregado la joven y su rostro resplandeció. Veía surgir un trazado nítido. Las dos mujeres le observaban expectantes.
-Una isla... Es curioso, parece el perfil de un hombre. En la garganta se abre una bahía, como si hubiese sido degollado.
La señora Dallas sirvió otra ronda, luego se apresuró a dejar el Montaigne en la biblioteca. Era una lástima que se acabase.
-Tienen las coordenadas... Acompáñeme, señora Dallas.
-¿Me van a dejar aquí sola? -exclamó la joven, con una imperceptible mirada hacia la chimenea.
-Esto es mucho mejor, Chloé -respondió el detective Garneri-, ¿o prefiere volver a enseñar su idioma a los chicos del East Side?
Garneri cerró la puerta detrás de su ayudante.
Apenas Chloé se había tocado el pelo y estirado la falda, el señor Agincourt, apoyado en la chimenea, se volvió y la miró con ojillos inquisidores. Ella abrió un libro y se puso a leer. Aquel hombre la desconcertaba, no era de este mundo. Pero su levita, su reloj de cadena y sus patillas eran igual de inquietantes.
Al cabo de media hora, Garneri regresó y encontró a Chloé como la había dejado, tal vez un poco sonrojada, no sabía si indefensa o furiosa.
-¿Ya se fue?
-Eso es lo peor, que de pronto ante tus narices, sin que te des cuenta, desaparece.
-No se lo tome a pecho, Chloé.
-¿Quiere decirme de una vez quién es ese individuo? ¿De dónde sale? ¿Adónde se va?
-Ese individuo... es nuestro cliente. Créame que tampoco yo sé mucho más, sin embargo era mejor ocultárselo. La señora Dallas pierde facultades, está volviéndose cada día más gruñona...
-Ahora no me interesa la señora Dallas. ¿Por qué se viste así? ¿Por qué a veces mira con esa endiablada mirada? Y otras parece que tuviera los ojos llenos de barcos...
-¿Cómo lo ha sabido? Está bien, no se inquiete... Verá, señorita Chloé, cuando hace unos meses decidí abandonar la profesión de detective, sin darme cuenta de que estaba a punto de embarcarme en el más difícil de mis casos, traspasé la oficina a unos inversores del Este. Quizá haya oído hablar del restaurante Mahabarata.
-¡Por supuesto! Y de la tienda de ropa que había antes.
-Es verdad, ya ha tenido tres traspasos. Antes de la boutique pusieron un cíber.
-¡Chert!
-Bien, dejé la oficina y alquilé este caserón a un pariente lejano. Todavía no sé cómo la señora Dallas me convenció para instalarse conmigo. Ustedes... ella insistía... un piso juntos... y aseguraba que se dedicaría a escribir mis mejores casos.
-¿Quiere decir que la pobre le dio lástima?
-Eso es. En realidad, vivimos muy alegremente...
-Entiendo.
-...los dos o tres primeros días. Una mañana, al entrar en este despacho, lo encontré, tal como le ha visto usted siempre. Al otro extremo, inclinado sobre la chimenea, había un hombre de espaldas, inmóvil. Al principio pensé que se trataba del casero. Le saludé, y entonces me di cuenta de algo extraño: toda su ropa y sus cabellos estaban mojados, chorreando, pero no por la lluvia. Estaban completamente empapados, como si aquel hombre viniese del fondo del mar. Y luego desapareció, delante de mis ojos, sin que me diese cuenta. Simplemente ya no estaba. Al día siguiente, nada más entrar, miré hacia la chimenea y no vi rastro de él. "Quizá era una visita de cortesía -pensé, mientras me sentaba al escritorio-, ella no tiene por qué enterarse". Entonces lo divisé justo enfrente: ahí, recostado en la estantería, hojeando un volumen. Lo devolvió a su lugar y me dejó a solas. Entre la cubierta y la hoja de guarda hallé una fotografía. Me gustaría mostrársela ahora, señorita Chloé. Estaba examinando los documentos cuando apareció la señora Dallas. Antes de que hablara, supe que se habían conocido. No se preocupe, de esto hace mucho. Sólo tengo la sospecha de que ella ha perdido todo interés en mí.
-Quizá se ha acostumbrado al tabaco de su pipa. Yo lo encuentro delicioso.
-No sabíamos de dónde venía, pero era claro que la antigua biblioteca había sido de su propiedad, y que ésta debió ser su casa. Averiguamos su nombre, David Agincourt, gracias al ex-libris: una ensenada, con el lema "Sulla luce". Y ahora, si no le importa, eche un vistazo a la fotografía.
Chloé cogió la foto y a punto estuvo de rasgarla.
-Pero... salvo el miriñaque, se parece... ¡ésta soy yo!
-Y se conserva usted excelentemente, Chloé. Fíjese, es de 1880.
-Ahora entiendo por qué me propuso usted unas condiciones tan ventajosas.
-Nunca olvidaré la cena en casa de los Oil, cuando usted apareció llevándose a los niños a acostar...
-Y yo que me reía de tanto como miraba...
-Nos ha sido de gran ayuda, Chloé. Desde que usted llegó, él se ha vuelto más comunicativo.
-¿En serio?
-Estamos a punto de resolver el enigma. Le ruego que permanezca con Agincourt. Mañana, a primera hora, la señora Dallas y yo salimos para Roma.
Al día siguiente, Chloé estaba de nuevo enfrascada en su libro, cuando de pronto lo dejó sobre la mesa y miró hacia arriba. Se subió al escritorio y contempló de cerca las molduras del techo. Entonces sintió que la agarraban de los tobillos, pegó un salto que hizo revolotear su falda y, dando un portazo, salió en busca de Garneri. Tenía que comunicarle algo importante.
Pero aquella era una casa que nunca se quedaba vacía. El señor Agincourt se inclinó sobre el libro que ella había dejado abierto, un viejo Baedecker del sur de Italia que había pertenecido a la bisabuela de Chloé, lectora de George Sand y viajera impenitente. En una ocasión ella le había dicho: "Deseo que nunca te enamores de un italiano, mi pequeña Chloé". Y Chloé desde entonces había tenido dos presentimientos absurdos, contrapuestos y firmes: que nunca llegaría a ver Italia y se casaría con un italiano.
El señor Agincourt tomó la guía por donde estaba abierta y leyó:
"Sobre el mapa, Capri tiene el perfil oblongo de una moneda gastada. Por mar, muestra una costa hostil de peñascos calcáreos, con sólo dos entradas: la Gran Marina al norte, y la Pequeña Marina en el sur. El Monte Solaro es su pico más alto.
Son célebres las grutas de Capri, como la gruta Bianca, donde en 1902 se descubrió, a treinta metros sobre el nivel del mar, la gruta Meravigliosa, recubierta de impresionantes estalactitas. La gruta Verte, al pie del Monte Solaro, que sólo recibe la luz reflejada por el agua, tiene una brillante coloración esmeralda. El mismo fenómeno ocurre en la gruta Azzurra, en la costa norte. Su existencia, que los antiguos conocían, había sido olvidada, hasta que por casualidad la descubrieron unos turistas en el siglo XIX. Sólo se accede a ella por mar y en pequeño bote, cruzando una angosta entrada de un metro de altura que desemboca en un lago de aguas tranquilas. El interior tiene 54 m. de longitud, treinta de anchura y doce de elevación. Allá dentro, una vez que los ojos se han acostumbrado a la penumbra, comienzan a percibirse las paredes de la gruta, el agua y hasta el aire teñidos de un hermoso color azul. Y los objetos del fondo adquieren una blancura de plata. Este fenómeno, que puede admirarse especialmente en un día de sol, entre las once y la una, se debe a que la única luz que penetra en la gruta es la reflejada por el agua del mar..."
Agincourt alzó los ojos del libro y, con un gesto de dolor, contempló los labrados del techo. Por encima del cuello almidonado, mostró una herida profunda, exangüe, a la altura de la nuez. Y su boca sonreía. En el centro, adornado con motivos frutales, vio un sol de radiantes rayos que semejaba el relieve de un monte. Entrelazándose, rastrojos de parra y ramos de olivo se prolongaban hasta las esquinas, donde estaba tallada la anfractuosidad de las piedras, los recovecos abiertos por el oleaje y el color abigarrado de cuatro grutas diferentes. Se volvió hacia la azul. Allí yacían las pertenencias y el cuerpo degollado del señor Agincourt.

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