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Viernes, 30 de diciembre de 2005

PROSPER MÉRIMÉE

CARTAS DE ESPAÑA


Va un aleccionador chascarrillo de las alcobas de palacio, un cuento mitológico de verbena o sainete, tal como lo escribió Mérimée por carta a Stendhal en 1830.

[...] no tengo nada que hacer, no sé qué hacer, me aburro horriblemente. Voy a escribirle una historia guarrísima que me contaron en Madrid. La Reina sajona con quien se casó Fernando era una princesa sumamente devota, y educada tan cristianamente que ignoraba hasta las cosas más elementales de este mundo, y que conocen en España incluso las niñas de ocho años. Es costumbre antigua, cuando el Rey se casa con una princesa que se supone virgen, que la princesa de sangre, casada, que sea la pariente más allegada al Rey tenga con la Reina una conversación de un cuarto de hora, con el fin de prepararla para la ceremonia. A falta de princesa de sangre, se encomienda esta instrucción a la camarera mayor. Ahora bien, así que llegó la sajona, la cuñada del Rey, mujer del Infante don Carlos, y hermana de la difunta Reina María Isabel, a quien la Reina sajona sucedía, declaró rotundamente que por nada del mundo pondría a esa alemana en condiciones de reemplazar a su hermana. Por otro lado, la camarera mayor, vieja pura devota, protestó que nunca se había fijado suficientemente en lo que su marido le hacía, para poder explicárselo a otras. Resultó que la Reina fue puesta en el lecho sin ninguna preparación. Entra Su Majestad. Figúrese a un hombre gordo con aspecto de sátiro, morenísimo, con el labio inferior colgándole. Según la dama por quien sé la historia, su miembro viril es fino como una barra de lacre en la base, y tan gordo como el puño en su extremidad; además, tan largo como un taco de billar. Es, por añadidura, el rijoso más grosero y desvergonzado de su reino. Ante esta horrible vista, la Reina creyó desvanecerse, y fue mucho peor cuando S. M. C. comenzó a toquetearla sin miramientos (N. B.: La Reina no hablaba más que el alemán, del que S. M. no sabía ni una palabra.) La Reina se escapa de la cama y corre por la habitación dando grandes gritos. El Rey la persigue; pero, como ella era joven y ágil, y el Rey es gordo, pesado y gotoso, el Monarca se caía de narices, tropezaba con los muebles. En resumen, el Rey encontró ese juego muy tonto y montó en espantosa cólera. Llama, pregunta por su nuera y por la camarera mayor, y las trata de P y de B con una elocuencia muy propia de él, y por último les ordena que preparen a la Reina, dejándoles un cuarto de hora para ese negocio. Luego, se pasea, en camisa y zapatillas, por una galería fumándose un cigarro. No sé qué demonios dijeron esas mujeres a la Reina; lo cierto es que le metieron tanto miedo que su digestión se vio perturbada. Cuando volvió el Rey y quiso continuar la conversación en el punto en que la había dejado, ya no encontró resistencia; pero, a su primer esfuerzo para abrir una puerta, abrióse con toda naturalidad la de al lado y manchó las sábanas con un color muy distinto al que se espera después de una noche de bodas. Olor espantoso, pues las reinas no gozan de las mismas propiedades que la algalia. ¿Qué habría hecho usted en lugar del Rey? Se fue jurando y estuvo ocho días sin querer tocar a su real esposa. Si tuviera más papel, le enviaría el relato de su primera noche con la Reina portuguesa, pero otra vez será. Adiós, procure divertirse más que nosotros.




Torero, dibujo de Mérimée

Por: Alan | Literatura | Comentarios (0) | Referencias (0)

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