
Viernes, 30 de diciembre de 2005
ARTÍFICES
Séneca el Viejo escribe que Ovidio no sólo era consciente de sus defectos, sino que incluso los amaba. Un amigo le indicó una vez que a su obra le sobraban tres versos. Ovidio le respondió que estaba dispuesto a suprimirlos, siempre que le concediera mantener otros tres. Escribieron en unas tablillas; los versos de uno y otro resultaron ser los mismos.
Se conocen dos de ellos:
et gelidum Borean egelidumque Notum
‘y al Bóreas helado y al deshelado Noto’
(Amores, II 11, 10)
semibovemque virum semivirumque bovem
‘hombre medio toro o toro medio hombre’
(Arte de amar, II, 24)
Los libros de Ovidio están llenos de encanto. Quizá no sea una de las mayores virtudes de la literatura, pero sí necesaria, una especie de acicate y cortesía para con el lector.
Esta anécdota me recuerda también que el artista, aparte de sus dotes creadoras, es alguien consciente de las herramientas de su oficio. Los comentarios de crítica literaria más sugerentes que leí han sido hechos por escritores: Stevenson, Pushkin, Marcel Schwob, Borges.

Safo (?), Pompeya
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