
Miércoles, 23 de noviembre de 2005
Tomás tenía la piel blanca, transparente. Miraba a su madre desde dentro del gorro de lana, sin hablar. El campo estaba helado, y al final del camino aguardaba el conserje de la escuela, que cerraría la puerta tras él durante una semana.
Su madre le había dispuesto un buen desayuno y un buen morral, le había lavado y abrigado de pies a cabeza, y ahora caminaba también en silencio. Llevaba del asa una lechera grande que a veces sonaba con un ruido metálico y otras como un glogloteo. Aquel ruido agradaba a Tomás, le hubiera gustado tener fuerzas para llevarla todo el camino.
–Átate los zapatos –dijo su madre, y enseguida ella misma se inclinó y se los ató. El niño rozó con la cabeza el pelo de su madre, que le miró extrañada.
Entonces se escuchó un ladrido en las eras, y después un rumor de cencerros y balidos. Su madre regresó rápidamente a casa, y Tomás echó a correr tras ella. Sentía como si le clavaran agujas en el pecho, cada vez más agudas. Cuando llegó al corral, vio que habían entrado ladrones en casa. Uno huía llevando un cordero, y otro estaba sujetando a su madre y la golpeaba. Al ver aquello, se lanzó de cabeza contra el extraño, le dio en el vientre y le derribó. Luego se puso a horcajadas y comenzó a golpearle con furia. El ladrón, desconcertado, se lo quitó de encima y salió corriendo tras su compañero.
Tomás vio a su madre inclinada sobre él. Estaba sangrando pero, cosa extraña, ya no sentía ningún dolor, ni tenía miedo de la escuela. Y lo que más le sorprendía era la mirada de su madre. Se pusieron en pie, regresaron donde había quedado la lechera y reiniciaron en silencio su camino.
Por: Alan | Notebook | Comentarios (0) | Referencias (0)