
Viernes, 18 de noviembre de 2005
MATAR AL MANDARÍN
La locución francesa "matar al mandarín" significa 'cometer una mala acción que nos beneficia, con la seguridad de que no va a ser conocida por nadie'.
Varios autores la atribuyen a un supuesto pasaje de Rousseau:
"Si bastara para convertirse en el rico heredero de un hombre que nunca se hubiese visto, del que nunca se hubiese oído hablar y que viviese en los últimos confines de la China, apretar un botón con el cual se moriría... ¿quién de nosotros no apretaría ese botón, no mataría al mandarín?"
Con seguridad aparece en El genio del Cristianismo de Chateaubriand:
"Si pudieras con sólo desearlo matar a un hombre en la China y heredar en Europa su fortuna, estando sobrenaturalmente convencido de que nadie iba a saberlo nunca, ¿te decidirías a formular en tu interior ese deseo? Por más que yo trate de exagerar mi extrema pobreza, que quiera atenuar el homicidio imaginando que de ese modo el chino se morirá de repente sin ningún sufrimiento, que no tiene herederos y hasta que el Estado va a dispersar sus bienes, por más que intente figurarme a ese extranjero lleno de enfermedades y de achaques, abrumado de problemas, deseando la muerte, por más que me esfuerce en creer que la muerte representa para él una liberación o que le queda apenas un instante de vida... a pesar de mis vanos subterfugios, oigo en el fondo de mi corazón una voz que grita con tanta fuerza a la sola idea de que yo sea capaz de formular el deseo asesino, que no puedo ni por un momento dudar de la realidad de la conciencia."
Y mucho antes, Ciceron en Sobre los deberes:
"Así, si un hombre de bien tuviese la posibilidad mágica de, haciendo un simple chasquidito con los dedos, incluir su nombre en los testamentos de los ricachones, no lo haría, por más que estuviese seguro de que no iba a recaer ninguna sospecha sobre él. Pero dad el mismo poder a M. Crasso. Decidle que, si hace un chasquidito con los dedos, conseguirá que aparezca su nombre en los testamentos de los adinerados. Creedme, al ruido de esos chasquiditos, en pleno foro M. Crasso saltaría de gozo."

Caricatura de El Mandarín publicada en el Diário de Portugal
Éste es el punto de partida que tomó Eça de Queiroz para su narración El Mandarín. Eça había prometido a su amigo Lourenço Malheiro, director del Diário de Portugal, una novela que debía publicarse en folletín en las páginas del periódico. Esa novela era Los Maia, que acabó convirtiéndose en su obra más extensa. De modo que, para cumplir lo prometido, redactó en quince días, en Angers, la historia del escribiente portugués que asesina a un mandarín, a un toque de campanilla, y hereda sus millones. Un divertimento, pero imaginado por un escritor de genio y en plena posesión de su arte:
"Una noche, hace años, había comenzado a leer, en uno de esos infolios vetustos, un capítulo titulado 'Brecha de las Almas'; e iba cayendo en una grata somnolencia, cuando este periodo singular se me destacó del tono neutro y apagado de la página, con el relieve de una medalla de oro nueva brillando sobre un tapete oscuro. Copio textualmente:
'En lo profundo de China vive un mandarín más rico que todos los reyes de que la fábula o la historia cuentan. De él nada conoces, ni su nombre, ni su semblante, ni la seda con que se viste. Para que heredes sus infinitos caudales basta que toques esa campanilla, puesta a tu lado, sobre un libro. Él soltará apenas un suspiro, en aquellos confines de Mongolia. Será entonces cadáver; y tú verás a tus pies más oro del que puede soñar la ambición de un avaro. Tú que me lees y eres hombre mortal, ¿tocarás tú la campanilla?'
Me detuve, asombrado, delante de la página abierta: aquella interrogación, 'hombre mortal, ¿tocarás tú la campanilla?', me parecía jocosa, burlesca, y aun así me perturbaba increíblemente. Quise leer más; pero las líneas huían, ondulando como culebras asustadas, y en el vacío que dejaban, de una lividez de pergamino, allí quedaba, rebrillando en negro, la interpelación extraña: '¿tocarás tú la campanilla?'.
(...) Una influencia sobrenatural, apoderándose de mí, me arrebataba lentamente fuera de la realidad, del raciocinio; y en mi espíritu se fueron formando dos visiones: de un lado un mandarín decrépito, muriendo sin dolor, lejos, en un quiosco chino, a un tilín de campanilla; de otro ¡toda una montaña de oro centelleando a mis pies! Era tan nítido, que veía los ojos oblicuos del viejo personaje empañarse, como cubiertos de una tenue capa de polvo; y sentía el fino tintinar de libras rodando juntas. E inmóvil, espeluznado, clavaba los ojos ardientes sobre la campanilla, posada apaciblemente delante de mí sobre un diccionario francés: la campanilla prevista, citada en el mirífico infolio...
Fue entonces cuando, al otro lado de la mesa, una voz insinuante y metálica me dijo, en el silencio:
-Vamos, Teodoro, amigo, extienda la mano, toque la campanilla, ¡sea valiente!
El abat-jour verde de la vela ponía una penumbra en derredor. Lo levanté, temblando. Y descubrí, muy pacíficamente sentado, a un individuo corpulento, todo vestido de negro, con chistera, las manos calzadas de guantes oscuros gravemente apoyadas en el puño de un paraguas. No tenía nada de fantástico. Parecía tan contemporáneo, tan corriente, tan clase media como si viniese de mi departamento...
Toda su originalidad estaba en el rostro, afeitado, de líneas fuertes y duras: la nariz brusca, de un aquilino imponente, presentaba la expresión rapaz y amenazadora de un pico de águila; el corte de los labios, muy firme, le hacía como una boca de bronce; los ojos, al clavarse, semejaban dos destellos de disparo, partiendo súbitamente de entre las zarzas tenebrosas de las cejas unidas. Era lívido; pero aquí y allá, por la piel, le corrían radiaciones sanguíneas como en un viejo mármol fenicio.
Me vino de repente la idea de que tenía al Diablo delante; pero luego todo mi raciocinio se alzó resueltamente contra esta fantasía."
Traducción de Alan

Jose Mª Eça de Queiroz
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