
Viernes, 18 de noviembre de 2005
Toda la familia, unos dieciséis miembros, estaba sentada a la mesa. Junto a la anfitriona había una silla vacía. Miró a su esposo, en la otra punta:
–¿Has llamado a Chimo?
–Está encerrado en su cuarto. No quiere salir.
La mujer se levantó, corrió con calma hasta el pasillo y se detuvo ante una puerta.
Luego se la oyó:
–La cena está en la mesa. Están tus abuelos, tus tíos, tus primas. Sólo faltas tú.
La puerta se abrió y asomó el pescuezo de un saurio, girándose.
El predador se arrastró hasta su silla, tomó impulso y se acomodó. Se agarró con las manos del borde y dejó las fauces sobre la mesa.
Frente a él había una niña pecosa, que llevaba un corrector dental. Le miró con ojos tiernos de cocodrilo y sonrió:
–Feliz Navidaz, Zimo.
Por: Alan | Notebook | Comentarios (0) | Referencias (0)