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Miércoles, 16 de noviembre de 2005

THOMAS DE QUINCEY

ASESINATO DE FILÓSOFOS




Exhibición pública del cadáver de Williams


Al comienzo de su libro Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes, enlaza Thomas de Quincey algunas anécdotas sobre filósofos que estuvieron a punto de perder la vida o que efectivamente la perdieron en extrañas circunstancias. Aquí despliega toda su erudición inventiva y su sentido del humor:

"No es de extrañar -afirma el conferenciante ante los Caballeros Aficionados de Londres- que se asesine a príncipes y estadistas. (...) Pero hay otra clase de asesinatos que ha prevalecido desde comienzos del siglo XVII y que sí me sorprende: me refiero al asesinato de filósofos. Señores, es un hecho que durante los dos últimos siglos todos los filósofos eminentes fueron asesinados o estuvieron muy cerca de ello, hasta tal punto que cuando un hombre se llame a sí mismo filósofo y no se haya atentado nunca contra su vida, podemos estar seguros de que no vale nada; por ejemplo, creo que una objeción insalvable a la filosofía de Locke (si acaso hiciera falta) es que, aunque el autor paseó su garganta por el mundo durante setenta y dos años, nadie condescendió nunca a cortársela."

Un joven Descartes de viaje por Alemania alquila una barca a unos hombres: "Tan pronto habían salido al mar cuando hizo un agradable descubrimiento, al saber que se había encerrado en una guarida de asesinos."

Spinoza murió por un veneno. Hobbes, aunque omitido, "temió hasta el fin de sus días que alguien lo asesinase". Malebranche fue víctima de una mala digestión y una disputa con Berkeley.

Leibniz mostraba tal "ambición de ser por lo menos víctima de un atentado que no evitaba el peligro". Pero fue Kant quien, sin pretenderlo, "se salvó más estrechamente de morir asesinado que cualquiera otra persona de quien tengamos noticia, con excepción de M. Descartes. ¡Tan absurda es la fortuna al repartir sus favores! Creo que la historia se cuenta en una biografía anónima de este gran hombre. En un tiempo, por razones de salud, Kant andaba unas seis millas diarias en el camino real. Esto llegó a oídos de alguien que tenía sus razones personales para cometer un asesinato y que se sentó en la tercera piedra miliar a partir de Könisberg a esperar a su 'pretendido'. Kant llegó a la hora exacta, puntual como un coche de correo. De no mediar un accidente era hombre muerto. El accidente estuvo en el carácter escrupuloso y, como diría la señora Quickley, quisquilloso del asesino. Un viejo profesor, se dijo, estará abrumado de pecados. No así un niño. Pensando en esto, se alejó de Kant en el momento crítico y poco después dio muerte a una criatura de cinco años. Tal es al menos la versión alemana de los acontecimientos. Mi opinión es que el asesino era un aficionado que comprendió lo poco que ganaría la causa del buen gusto con el asesinato de un metafísico viejo, árido y adusto que no le daría ninguna oportunidad de lucimiento, puesto que no era posible que, una vez muerto, se pareciese más a una momia de lo que ya se parecía en vida."

Valga esta anécdota como recuerdo a ese otro gran ensayo de Thomas de Quincey, Los últimos días de Emmanuel Kant.

Por: Alan | Literatura | Comentarios (0) | Referencias (0)

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